Me acuerdo de una mujer rusa que me habló una vez en el 29. Estaba maquillada como un mamarracho. Se había pintado los labios de un color bordó que casi le había teñido la piel. Se vestía con muchos colores. Tenía unos aros fucsias, enormes, que le enmarcaban la cara simpáticamente. Se sentó al lado mío. No sé cómo empezó la conversación, sólo sé que esa mujer me desnudó su alma en un viaje de media hora. Fue casi como si me mostrara fotos. Pequeñas fotos que tenía en su cabeza. Sus padres, saludándola desde el puerto, la última vez que los vio. El barco que se tomó para seguir al amor de su vida. Los dos hijos que tuvo en Argentina. Su admiración por Perón y Evita. La muerte de su esposo y de su hijo mayor en un accidente. La tristeza de saber que estaba envejeciendo lejos de su país natal. La fatalidad de saber que tal vez jamás iba a volver. Y así nomás, llegó a Plaza Pringless, me saludó cuando bajó y se perdió entre la gente de la vereda.