(Suena el teléfono.)

HOMBRE. -¿Sí? ¿Dígame? ¿Diga?

MUJER. -Ay va. (Teme, efectivamente, que se haya equivocado de nuevo.) ¿Juan?

HOMBRE. -No.

MUJER. -Antonio.

HOMBRE. -Sí.

MUJER. -Cuánto lo siento. No se vaya a creer que soy así siempre. Cómo me ha podido suceder otra vez. Aunque parezca lo contrario, no lo estoy haciendo a propósito. Se lo juro.

HOMBRE. -Yo creo que a usted lo que le pasa es que no tiene paciencia. ¿O me equivoco?

MUJER. -Yo soy la que me equivoco, y no porque quiera, sino porque no tengo paciencia.

HOMBRE. -Vaya. Es un mal galopante de hoy en día.

MUJER. -Totalmente de acuerdo. ¿Y qué se puede hacer al respecto, doctor?

HOMBRE. -Yo no soy médico. Llame usted a los bomberos en su defecto.

MUJER. -Siendo defectuosos, no me van a apagar el fuego ni nada.

HOMBRE. -¿A qué fuego se refiere? En los teléfonos suele haber interferencias.

MUJER. -Al fuego normal y corriente, al que quema cuando se acerca uno. A ése. Fuego que tuve yo en mi chalet el año pasado.

HOMBRE. -Ah, ¿tiene usted un chalet?

MUJER. -Se lo he dicho antes. Un chalet y un fuego, aquí en la montaña. Cuatrocientos metros cuadrados, tres plantas, cinco cuartos de baño, (somos muy meones) un porche cada uno. No está mal. Ah, por cierto. Si a lo mejor usted no es de aquí, y le hablo de una montaña.

HOMBRE. –Sí, soy de aquí naturalmente.

MUJER. -Pues mucho mejor... Y ahora me disponía a ir al chalet el fin de semana, pero al parecer no se quiere venir nadie conmigo, aunque sólo sea a pasar la tarde. Soy divorciada. ¿Sabe? Bueno. Pero ¿para qué le cuento yo estas cosas?

HOMBRE. -Siga. Siga.

MUJER. -Un fuego sin importancia de todas formas. Pero me equivoqué y llamé al médico.

HOMBRE. -Y no pudo apagar el fuego...

MUJER. -No. Lo único que pudo hacer por mí fue darme el teléfono de los bomberos.

HOMBRE. -No está mal. Por lo menos, algo es algo. Y fueron a apagar el fuego.

MUJER. -Lo que se dice ir sí fueron, pero no tenían la intención de apagar fuego ninguno. Era muy extraño. Llegaron dos señores enchaquetados y encorbatados para venderme libros. Y yo no estaba para leer libros en ese momento, sino para que me extinguieran el fuego que se me venía encima. Usted comprenderá. No leo ni periódicos e iba a leer libros. Vamos, hombre. Pero ya que estaban allí, me ayudaron con el fuego.

HOMBRE. -Menos mal... Y lo apagaron.

MUJER. -Sí, quiero decir, no. Si no había tal fuego. Resulta que era el perro que jugaba con la tierra y estaba formando polvo con las patas.

HOMBRE. -¿Con las patas delanteras o con las traseras?

MUJER. -Qué importancia tiene eso. Y luego, como contrapartida, me obligaron a comprar una remesa de libros. Normal. Después de haberles hecho llegar hasta allí. Figúrese qué podía hacer yo frente a dos tiarrones como aquéllos. Una mujer indefensa. Nada. Los compré. Sin rechistar. Me los tragué con patatas.

HOMBRE. -¿Y cuánto tiempo duró la digestión?

MUJER. -Bah. Poco. Los devolví enseguida cuando me cansé de masticar. A su casa.

HOMBRE. -¿A qué saben los libros?

MUJER. -Cómo quiere que lo sepa. ¿No le digo que no me gustan?

HOMBRE. -¿Y los hombres?

MUJER. -Unos sí y otros no. A éstos me los comí, pero como eran muy pesados, tenía el estómago como una zambomba, y fue cuando los devolví a su casa.

HOMBRE. -¿Y qué hizo con los libros que le vendieron?

MUJER. -Que me vendieron no, que tuve que comprar a la fuerza. Los eché a la chimenea.

HOMBRE. -Darían un calor muy bueno.

MUJER. -No. Porque los eché en el verano, y no ardían.

HOMBRE. -Claro. En verano hace calor como para no encender candela alguna.

MUJER. -No. Es que el fuego lo hacemos fuera con las barbacoas y todo eso, y la chimenea la dejamos quietecita hasta que arrecia el invierno.

HOMBRE. -Ya. ¿Y se lo pasan muy bien?

MUJER. -Como no se abrigue uno, no.

HOMBRE. -Me refiero en el campo.

MUJER. -Hacemos lo que podemos. La familia y todo eso. Yo me aburro. Pero mis padres insisten en que salga y me distraiga.

HOMBRE. -A lo mejor se refiere a que salga a conocer gente pero en la ciudad, no en el campo. A tomar café, a las copas. En fin. Esas cosas.

MUJER. -Puede. El caso es que estoy aburrida, sola como la una, sin nadie que me haga caso. La gente es tan pesada... Te molesta cuando menos lo esperas. A mí me sienta como un tiro en las rodillas.

HOMBRE. -Sienta peor un tiro en los ojos.

MUJER. -Qué va. Si te dan en los ojos, total, como no ves ni torta, no te enteras de dónde te han dado...

HOMBRE. -Eso sí.

MUJER. -El caso es que me fastidia. Por ejemplo, cuando me estoy arreglando y llaman a la puerta es que me sacan de quicio. Claro. Tienes que salir pitando y a medio arreglar, y zas, es cualquier tonto que quiere venderte seguros de vida. O si no es cualquier par de imbéciles que te porracean la puerta para venderte libros. A la hora de la siesta. A venderte libros. Será posible. Y esperan que una se los compre. Son idiotas. Parece que tenga yo en la puerta un letrero que diga: “Se compran libros, nuevos o viejos”, porque están a cada dos por tres intentando venderme libros. Para qué los quiero si no tengo tiempo. Cuando quiera libros, iré a comprarlos yo. Y luego salen escamados, porque como hablo tanto, se han de marchar con el rabo entre las patas y sin vender ni un catecismo.

HOMBRE. -A mí me pasa una cosa parecida.

MUJER. -Le intentan vender seguros.

HOMBRE. -No. Catecismos.

MUJER. -¿Y eso?

HOMBRE. -No sé. Me verán cara de monaguillo.

MUJER. -¿Y la tiene?

HOMBRE. -Algo. De chico lo fui, pero se me ha ido quitando poco a poco.

MUJER. -Siempre se queda algo de la pinta.

HOMBRE. -Lo malo es que me dan pena, y siempre les compro alguno, y los armarios, la cocina, el cuarto de baño: toda la casa llena de catecismos, que no sé qué hacer con ella.

MUJER. -Puede regalarlos.

HOMBRE. -Digo con la casa.

MUJER. -También la puede regalar. O alquilarla, en cualquier caso. A mí me sucedió una cosa parecida. Tenía un amigo que venía a casa a visitarme todas las semanas, y por cada visita, me regalaba un adorno para la casa. Estuvo cinco años sin parar, hasta que le dije que eso ya no podía seguir así por más tiempo, que la amistad se había acabado.

HOMBRE. -¿Qué hizo él?

MUJER. -No sé lo que haría él, pero yo tuve que hacerme amigo de un vecino para regalarle todos los adornos los siguientes cinco años. Un fastidio.

HOMBRE. -¿Y qué hizo el vecino?

MUJER. -Fue más listo. Al cabo de los cinco años, puso un mercadillo él solo y se dedica a vender los adornos a mitad de precio. A mí me suceden una de cosas... Como para escribir un libro cada tres o cuatro semanas con las cosas que me pasan en esas tres o cuatro semanas. Lo malo es que ni yo misma los iba a leer.

HOMBRE. -Y ¿para qué los querría leer? Usted sería la protagonista.

MUJER. -En eso no había caído. Buena idea. Escribiría sobre mí, sobre el chalet, sobre el campo...

HOMBRE. -¿Que tiene usted también un campo...?

MUJER. -Sí. Bueno. Al lado del chalet. Normal. Mil hectáreas de regadío. Pero no deduzca que soy una ricachona. Qué va. Hay quien tiene mucho más.

HOMBRE. -Desde luego. A todo hay quien gane en esta vida.

MUJER. -Hablando de vida: usted me da alegría, y eso que ha sido casualidad encontrarlo, como aquel que se encontró el millón de dólares.

HOMBRE. -O el millón de rublos. Aunque sea una herencia de un tío rico, avariento y antipático.

MUJER. -Yo no he dicho que fuera de una herencia.

HOMBRE. -Quizás no. Pero sí que fuera de un tío que se murió de repente.

MUJER. -Eso sí. El pobre. Estaba comiendo y estiró la pata. Encima de la mesa.

HOMBRE. -Era muy rico, ¿verdad?

MUJER. -Sí, y también estiró la pata. Un millón de rublos según dicen.

HOMBRE. -No somos nadie.

MUJER. -Por eso hay que disfrutar.

HOMBRE. -Y ¿dónde guardaba el dinero?

MUJER. -Al parecer lo tenía debajo de un baldosín. El muy ladino. A quién se le ocurre tener tanto dinero debajo del baldosín, y estirar la pata así sin más, de repente.

HOMBRE. -Y encima de la mesa.

MUJER. -Bueno. Ahora no sé si fue encima de la mesa o encima de una silla. Yo sé que fue encima de algo.

HOMBRE. -¿Cómo lo ha olvidado?

MUJER. -No lo he olvidado. Simplemente que cuando recibí la carta de la herencia, no se entendía muy bien la letra.

HOMBRE. -La escribieron a mano.

MUJER. -Sí, y en ruso.

HOMBRE. -Pero ¿usted no dijo que sabía idiomas?

MUJER. -Yo qué sé.

HOMBRE. -Pero teniendo un tío rico y ruso...

MUJER. -No. No era ni mucho menos ruso. Lo que ocurre es que heredó una fortuna de un familiar y compró tierras allí. Se quedó helado de lo que costaban, y no se lo pensó dos veces. Compró media estepa. Y con lo que le sobró mandó hacer una mesa muy grande y rica sobre la cual poder morirse tranquilo.

HOMBRE. -Y cumplió su promesa.

MUJER. -Totalmente.

HOMBRE. -Y ¿qué hizo cuando se enteró de su muerte?

MUJER. -No. Si no se enteró. Se murió de repente.

HOMBRE. -Usted.

MUJER. -¿Yo? Llorar y llorar, que es lo que se hace en casos de atropello o muerte. Pero le resulto pesada, ¿a que sí?

HOMBRE. -Yo diría...

MUJER. -¿Cómo? Oiga. Oiga. Vaya. Se ha cortado.